mexicoborderEl verano antes de que entré a la universidad, andaba con nuevas ideas y mucha energía: demasiada si fueras a preguntar a mis papas.  Unos días antes de irnos a Mexico, escuché a escondidas a mi mama hablando por teléfono.

“Si Señora, así es.  Con cabello cafecito Señora porque nuestro santo está muy blanquito. Si. Tiene los ojos claritos también.”  La voz, no más recio que un ratoncito, se animó un poco. “Si Señora.  Muy, muy agradecida. Que Dios le bendiga mucho.”

Colgando el teléfono,  mi mama se dio la vuelta, y me dio una lista.   “Aquí tienes muchacha chismosa.”   Luke Skywalker tendría celos del sexto sentido de mi mama. Hasta la fecha, no he averiguado como esconderme de sus poderes.

La lista fue corta pero muy específica: Encontrar cabello del color café, de máxima calidad o sea, una peluca para vestir a un santo.  Mirando hacia atrás, ya entiendo a mi mama: No tenía coche entonces pasé en bici por toda la parte sur de la ciudad buscando la peluca. Buscaba y buscaba por cinco días y en el quinto día encontré el cabello perfecto.

La semana siguiente, salimos para nuestro viaje familiar a Mexico. Mientras mi papa y hermana se fueron al capital, mi mama me llevó a un ranchito se llama “La Tinaja de Gonzales”.   Como maestra de inglés como segunda idioma, todos sus estudiantes tenían raíces en otros partes del mundo. En una de sus clases, la mayoría de la clase tenía casi la mayoría de sus parientes lejanos, abuelos, tios, primos, en La Tinaja de Gonzales.

Sin embargo, llegar a ese pueblo fue todo un rollo: Desde el capital tomamos 2 camiones de lujo, con sus bolsillos de lonch y dos fantas naranjadas. Tres horas después, subimos a un camión urbano hasta que lleguemos a un rancho medio grande.  Confundidas, un señor campesino salió a informarnos que El Tinaco quedo 8km al sur aproximadamente. El hijo del señor nos dio un ride al otro lado del rio y fuimos caminando lo que nos quedó. La gente del ranchito nos recibió con mucha alegría e amabilidad.

El Padre de la capilla en La Tinaja nos presentó a Señorita Esperanza, una mujer de 30 y pico años y  de apenas 90 libras.  El Padre nos explicó que le tocó estar casi inmovilizada por la artritis, que fue confinada a la cama por casi un año.  Pálida y enfermiza, se ilumino de inmediato cuando vio lo que trajimos.

Cada vez que  la palabra artritis fue usada, gotas de sudor palma comenzaron a formarse en mi cuello y la camiseta sintiendo como si fuera prenda inmovilizadora. Cuando Esperanza vendría en la conversación, los aldeanos mirar hacia abajo y sacudiendo sus cabezas.  Pobrecita de ella. Diagnostica desde la edad de 12,  será que la gente piensa lo mismo de mí ?!

Con mucho cariño y amor, como si fuera su propio hijo, Esperanza iba acomodándole el caballo al santo. Al santo, el cabello le quedó perfecto.  En su voz  de ratoncito, Esperanza nos agradeció y nos abrazó.

En el camino a la ciudad, me puse a pensar. Aunque todavía era una adolescente, entendía la situación: El ranchito encontró ocupación para ella: para cuidar a la capilla como si fuera su propia familia. No sólo era probable que nunca se case, pero, literalmente, se quedó para vestir los santos. Ese día me hice una promesa:¡ de esa agua jamás beberé!

Doce años después, aún pienso en Señorita Esperanza. En México, para la gente con discapacidades, la familia y muchas veces, la iglesia, busca oportunidades para ellos pero bajo el manto de paternidad. En general, las personas con discapacidad en México, especialmente en las zonas rurales, permanecen con su familia, no seguir con sus estudios superiores y rara vez casarse. Ahí en el Tinaco, Esperanza podía tener a su propia familia: cuidando a los santitos.

Para mí, Esperanza es el símbolo entre la cultura americana y mexicana: Sin acceso a la medicina que yo tenía,  a lo mejor yo si hubiera nacido en El Tinaco, estaría vistiendo santos también.  Sin embargo, la parte mexicana de mi alma me habla, sobre todo cuando tengo días difíciles con la JRA.

Mexicanos con discapacidades  y / o enfermedades crónicas casi siempre están rodeados de familiares y seres queridos. Cuando uno está luchando contra una enfermedad crónica, el aislamiento puede hacer que la enfermedad mucho más difícil.

Por la noche, cuando apago la luz junto al santo, todavía me pregunto acerca de la Señorita Esperanza y si ella todavía está vistiendo los santos.

Más de una década después, ¿he descubierto un buen equilibrio? La respuesta es no. Sin embargo, si Dios me bendice una hija la voy a nombrar Esperanza o en inglés, hope.

 

Tu amiga,

Katiuska