Unos días antes de la Navidad recibí una llamada  que tomó casi una década en su desarrollo, “Katia, ya llegó el momento, tengo una escala en Denver,  ¿me puedes recoger en el aeropuerto a las 11 pm?” A pesar de una advertencia de clima invernal que acababa de pasar, no lo dudé. El día por el que James había trabajado tanto, dificilísimo desde su lucha contra una enfermedad auto-inmune, finalmente había llegado.

 

La Posada Navideña de James había empezado.

 

 

En el segundo año de universidad, nada menos que el mero destino hizo su trabajo: me encontré con dos de las pocas personas en este planeta que pueden comunicarse conmigo sin hablar: James y Steven. A pesar de que venimos de muy diversos orígenes (un muchacho de un pequeño pueblo en el estado de Kansas, otro muchacho italiano-americano y yo), nuestro sabor por la vida, el humor sarcástico, la amistad mutua y la pasión por el aprendizaje dentro y fuera de la escuela, nos unió.

 

 

Aprendimos uno del otro, del ambiente estudiantil y de las pruebas a las que nos enfrentamos como jóvenes con problemas de salud. Cuando nos dimos cuenta que el campus no contaba con camiones accesibles, ni maneras de moverse a través del campus para las personas que usan sillas de ruedas, nos pusimos a escribir en varias servilletas nuestro sueño para una unión de estudiantes discapacitados.  Con un poco de trabajo y una inmensa cantidad de orientación, no solamente hicimos nuestro sueño realidad, sino que logramos el sueño de tener camiones accesibles.

 

 

Después de nuestra graduación, la famosa crisis de los 25 años nos pegó como un golpazo de los camiones que tanto pedíamos, al igual que la mayoría de la generación milenio nos dimos cuenta que nuestras carreras ideales no eran tan ideales.  Sintiendo un vacío, James se fue par a la Costa Oeste con dos maletas, hechas de cartón, con menos de mil dólares y su novia esperándolo. Aunque todo el año siguiente James fue bendecido con amor, un trabajo estable y una ciudad llena de vida,  igual que muchísimos jóvenes más con enfermedades crónicas, la previsibilidad no estaba en su vocabulario. Cuando su novia tuvo que regresar a su país al terminar el año, James empezó un viaje épico de auto-descubrimiento aprendiendo como cuidar de su salud,  acoplándose a la autodisciplina y estableciendo objetivos de largo plazo sin perder la alegría del momento.

 

 

Al igual que María y José, su búsqueda para encontrar el lugar adecuado para él no fue bien entendido por todos. De hecho, la gran mayoría de las personas fueron mucho más propensos a ser negativos o peor en lugar de dar buenos consejos. Sin embargo, James siempre encontraba la manera de llevar una vida plena y positiva en cada momento, mientras trabajaba en silencio hacía su objetivo final.

 

Enfermedad crónica o no, todos tenemos nuestros momentos Joe Cocker, o sea, cuando necesitamos un  poco de ayuda de nuestros amigos. Cuando James comenzó su viaje de cuatro años hacia su destino, al igual que la mayoría de los adultos jóvenes con enfermedades crónicas, muchos amigos cercanos  le ayudaban en el camino. Igual que en el camino hacia Belén  para la  Sagrada Familia, a los que se encontró en el camino, aunque escasos en recursos materiales, dieron todo lo que tenían para ayudar a James.

 

 

Cuando fui por última vez a dejar a James al aeropuerto, una mezcla desgarradora de alegría y pena me golpeó. Una de las personas con las que he pasado mis mejores y más difíciles momentos en los últimos diez años, se estaba yendo al otro lado del mundo.

 

Más tarde esa semana, abrí mi correo para encontrar varios artículos que había dejado con él y un pedazo de papel que tengo ahora pegado en mi refri.

 

Katia,

Nunca te rindas por tus sueños. Establece metas, planifica bien, haz los ajustes correspondientes y no te rindas hasta el final. Tu amistad es un verdadero regalo, un tesoro. Sé que vamos a estar en contacto. James

 

¡¡Felices Fiestas y Feliz Año Nuevo a todos!