Hace dos semanas, rompí con alguien con quien había estado saliendo por unos meses. El rechazo o simplemente el final de algo, no importa la profundidad o la naturaleza de la relación, puede ser francamente difícil. Al menos de que te falta un tornillo, la mayoría de la gente de ambos lados de la moneda, teme estos momentos. Aunque he estado en ambos lados de la cara de la moneda más de una vez, ésta vez me afectó drásticamente, tanto físicamente como emocionalmente. Cuando me despedí por última vez, él se aseguró de recordarme que nunca me quiso, sus palabras fueron: -“¿quién va a querer con una coja?”. ¡Chale imbécil!

Siempre he sido sensible, cuando alguien me robaba algún juguete o cuando un grupo de niños en familia me empujaban hacía el piso, mi labio superior siempre comenzaba a temblar. Me perdía en una profunda reflexión, tratando de entender porqué alguien tomaría cosas que obviamente eran ajenas e intentaba de analizar por qué alguien podría ser tan desconsiderado. Mientras tanto, el resto de los niños en la familia terminaban a golpes.

Sólo una mirada severa de profesora en la escuela católica me ponía llorosa (y todo eso fue antes de la prednisona!) Cuando empecé a tener más problemas de salud, mi hermana menor se convirtió en la hermana mayor. En la prepa, ella manejaba todo sobre ¿Los preparativos para la escuela  fuera? Ella ya lo había hecho. ¿Toda la tarea para las clases que no asistí debido a la cirugía? Ella lo había hecho. Cualquier comentario o acción que ella considera fuera de lugar, la gente debía responder a ella y pues bueno, seamos honestos… nadie quería eso.

Cuando estaba por entrar a la universidad, había recuperado la salud suficiente para sentirme segura en  mi misma de nuevo. Devoré mis cursos, saque las mejores calificaciones, saboreando cada momento de mis clases de literatura. Caminé hasta 10 millas al día, pague el 75% de mi matrícula, estudié en el extranjero e hice amigos para toda la vida simplemente sentada en mi trabajito de estudiante.  Los  viernes por la noche estaban reservados exclusivamente para las fiestas salseras improvisadas y los sábados salía con mi noviocito.

Ahora que lo recuerdo, aunque yo realmente deseo para todos los jóvenes que les encantan aprender tener la misma experiencia, la universidad es toda una ilusión de la vida real. Lo que en la vida es cierto y auténtico continúa siendo todos los años, incluso una década, después.

Una profesora que tuve para clases de gestión utilizaba una silla de ruedas. Cálida y respetuosa, exigía profesionalidad absoluta en su clase llena de muchachos de 20 años vestidos con playeras Hot Topic y pantalones de pijama. Luego en el curso vino la kriptonita estudiantil: proyectos de grupo. El día antes de que el proyecto finalizara, terminé en el hospital. Sin la preparación adecuada y rodeado de gente nerviosa, la mayoría de tipo A,  la jefa del grupo exigió que yo dejara de participar. Tímidamente, me acerqué a la profesora para decirle que ya no iba a participar.  Sin embargo, lo que ella me dijo, aunque muy difícil de seguir, cambió mi visión de la vida:

No dejes que los demás te digan qué hacer con tu vida. Defiende tu posición. ¿Ves toda esa gente en el salón? Todos tienen sus propios problemas. Ahora sal allí y da tu mejor esfuerzo!

He oído de tantas personas, sanas o con enfermedades crónicas, que intentar salir con alguien especial es demasiado difícil. Entiendo, ¡oh, cómo entiendo! El noviazgo es una medida de alto riesgo. Sin embargo, la búsqueda de empleo, la paternidad, el comienzo de una nueva carrera o negocio, la educación superior y hasta el matrimonio son cosas de alto riesgo. Si tomamos riesgos, seguro de que podríamos ser heridos por las manos frías de rechazo y el fracaso, pero si no lo hacemos, siempre nos  preguntaremos lo que hubiera sido.

Al igual que un atleta, voy a tomar un tiempo para recuperarme. Luego, riesgo o no, voy a volver a levantarme e intentarlo de nuevo. ¡Pleibol!